[Escritos] Au revoir.







Querido mundo. 

Es hora, debemos separarnos. Entiende que no eres tú, son tus habitantes, el esmog, los ricos con sus ínfulas, los ladrones que se llevan mis aspiraciones cada mañana, los golpes de mi vecino a mi vecina, el mal humor matutino, la sirena policial justo a la hora del almuerzo, las largas filas para adquirir una vida decente, el tránsito, la prostitución de almas, la adicción al desamor. En fin, todo eso que me prometiste cambiar y no cambiaste. ¡Me cansé! No podemos seguir. No estás hecho para almas libres como la mía. Me impones levantarme temprano, cosa que acepté al inicio porque entendía que debías crearme responsabilidad. Pero con el paso del tiempo, también me obligaste a cumplir un horario de trabajo, a ser esclavo de una mísera quincena y de paso, a ganarme las cosas. ¡No solo eso! Te consumiste mi tiempo para escribir, le pusiste precio a mis sueños y congelaste mis ganas de ver una mejor versión de ti. Lo que predican todos, un mundo mejor.

¡Estoy harto! De ser conformista, de entregarte todo y te sepa a mierda. Discúlpame el francés, pero es así. Le escribí poemas a cada centímetro de tu piel, alabé tus amaneceres, tus atardeceres, cuando te pusiste poeta y escribiste versos en la luna. Te felicité en tu día y te hice el amor sin parar. ¿Qué más querías de mí? Te lo di todo, hasta lo que no tenía. Te llevaste mis aciertos, mis barrancos, mis risas y la mayorías de mis lágrimas. TODO. Ya no soy nada.

Lamento que todo quedé así entre nosotros, que seas tú el culpable y a la vez yo. Fuimos física, química y hasta matemática. Tú me entiendes. Pero es hora de despedirnos, de largarme con mis tres trapos y arrinconarme en otro planeta. No ruegues, no pidas más oportunidades. Ya hemos dicho suficiente, nos hemos amado suficiente. A veces es mejor partir así, con una carta y la frente en alto. Nunca dudes que te amé, nunca dudes que fuiste mío hasta el último atardecer.

Cuídate, cuídate mucho. No permitas que te hagan daño, no te permitas amar a alguien como me amaste a mí.

Adiós.



Atte. Ostwald J. Guillén

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